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De adultos y jóvenes |
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Son las nueve de la mañana...
...y estoy inquieta: estrés, trabajo, responsabilidades, ese dolor... Me reciben bien y me introducen en un despacho agradable. Me siento ante mi homeópata. Me encuentro bien recibida, cómo se interesa por mí y no sólo por mis malestares físicos. Recuerdo sin falta el artículo que tendría que tener ya escrito. Él se interesa por mi identidad social, personal... "¿Qué te preocupa?". No sé muy bien cómo decir tantas cosas: suicidios, agresiones, jóvenes machacados por lo que llaman ley, mujeres brutalizadas, el horror que no cesa... Pero no soy capaz sino de decir que, cada día, me preocupa más y más que la gente que yo creo mi gente reproduzca en las relaciones personales lo que dice condenar o de hecho condena y persigue en las relaciones sociales. Se sorprende y me pide me explique mejor.
Bien, digo, que alguien que ha puesto como objetivo último personal el triunfo social arrase con las personas y las cosas que se oponen a su ascenso, parece que tiene una cierta coherencia lógica y hasta su cínica moralidad. Pero que gentes que están contra la opresión, la represión, la exclusión, la colonización, la explotación, el racismo, el machismo, el secuestro de información, la existencia de privilegios y toda otra forma de guerra sucia, que esa gente nuestra nos pueda arrasar o aplastar en la disonancia o en la diferencia o en la opinión distinta, no lo entiendo, no puedo admitirlo, no me es posible aceptarlo. En lo que yo creo la izquierda, la libertad, el respeto, la razón, la posición, la diferencia nunca pueden ser cuestiones absolutas que tengan que liquidar al adversario, de manera que vencer, para unos, tenga necesariamente el correlato de perder, para los otros. Y perder con deshacer y así sucesivamente.
El hombre de mirada atenta que tengo ante mí no sé si me ha comprendido: pero me pregunta de qué manera y quién me ha herido. Y me esfuerzo en decirle que no es necesario que haya una herida personal y que basta con saber escuchar a tu alrededor... ¿O no? Ante el rastro de duda le pregunto si es tan difícil encontrar espacios donde nuestra libertad, saber, creatividad, autonomía, etc no dependan del sometimiento, de la ignorancia, torpeza o dependencia del otro. Combatimos por nuestras grandes señas de identidad, por nuestros emblemas de autodeterminación y el socialismo; pero, a menudo, olvidamos que dejamos abiertos ratoneras, zulos, simas donde establece toda su eficacia psicológica el esquema de actuación sometedor/sometido y donde a veces nos pierde más la identificación con el agresor que con el agredido. He escuchado a veces decir (¡y decirlo a jóvenes!): "¡Pero cómo no se cansará...!¡Si queda siempre en minoría!".
El problema, sin embargo, es nuestra capacidad como propuesta dinamizadora para que la juventud tome la palabra, se haga cargo interna y externa de ella, tome a su cargo esta tierra y esta sociedad que les pertenece, rehagan los conflictos, las soluciones, las vías que les hemos legado más las que han generado autónomamente. El problema es que la cultura se desarrolla con sus aciertos y desaciertos, con sus libros y canciones, con sus escuelas y sus formas nuevas de relación.
Es cierto que existen unos condicionantes objetivos que tienden a que también nosotros politicemos, sindicalicemos o judicialicemos excesivamente la injusticia y los valores que transmitimos. Algo tan aparentemente simple como el "juego limpio", esto es, declarar a los colegas qué clase de juegos se juegan, con qué reglas, bajo qué supuestos, por qué hay temas innombrables o intocables... Nadie, por otra parte, aceptará fácilmente que empuja y aún abusa del que puede parecer más débil o menos estimado o más solitario. Nadie aceptará que hay conflictos irracionales de "familias" que se arrastran por dependencia de históricos liderazgos. Que se puede llegar a excluir a alguien no siempre por claras y fundadas razones, sino por seguidismo "familiar". Hay ritos para toda esta serie de relaciones de aceptación o rechazo: si quedo o no con esas personas, si cuento o no con ellas para todas las actividades, si su opinión me parece siempre necesaria, si quedo a cenar o a una mani o a un... Debemos ser capaces de trasmitir a nuestros jóvenes la necesidad del juego limpio en sus relaciones.
Debemos también trasmitirles la capacidad de buscar con sosiego y reconocer las señales que definen su territorio. El sabio Me Ti dudaba y desconfiaba de que alguien como Tu, que no podía sosegarse del viaje ni reconocer el lugar ni gozar del pan, el vino y el queso, pudiera entender algo de la lucha de clases (Bertol Brecht). Aprender que ellos son con sus iguales y con los otros, que ellos son con su territorio, que ellos son consigo mismos. Que también tienen que aprender a sentarse consigo mismos, con sus fantasmas y sus miedos, con sus deseos y a veces su soledad. Y nosotros comprender también ese su territorio, el de su intimidad e identidad, el de su decisión y acierto o error. Comprenderlo a la manera de aquel grupo pop, "no les pises que llevan chanclas" y te lo pueden hacer pagar.
El poder juega a delegarse y hay ahí otra trampa de la que es necesario escapar. Porque si el poder da valor, el valor del poder delegado es, a su vez, igualmente dependiente y, otra vez como dice la canción, "nadie da todo por nada..." (MCD). A veces, pretendemos querer convencernos que lo damos todo... por nada, pero nunca es así. Siempre se pide y se pide más, cuando no se pide nada. Porque entonces será una deuda impagable. O que se nos quiera más que a nadie. O establecer esas eternas dependencias de la afectividad tramposa o de la lealtad siempre dependiente. Quiero comprender, aunque me duela, que no puedo ser el amigo de mi hijo, que mi experiencia no es su experiencia, que mis aprendizajes no le evitan a él aprender, que mis errores o aciertos nunca le impedirán a él vivir y, por tanto, errar y acertar, a su vez. Decimos, no quiero que mi hijo o que nuestros jóvenes cometan los mismos errores que cometimos nosotros. Y tratamos entonces de planificar esa edad de la vida que es improvisación, descubrimiento, atrevimiento, afirmación, aventura de identidad e identificación.
Me mira sonriente: ¿No ser amigos...? No, Zilbor Estea. El amigo de mi hijo es su igual, sus iguales y nosotros estamos ahí, ayudando y dejándoles crecer, mostrando que lo distinto o diferente puede confluir en intereses comunes, aunque no sea necesario que todos seamos idénticos a todos.
La mutualidad o el concepto de auzolan lo muestra: pertenecemos a una cultura, aunque nuestra experiencia personal sea distinta para cada uno de nosotros, individualmente considerados; poseemos intereses históricos comunes (sociales, políticos, económicos), aunque también nos diferenciemos personalmente, etc., etc. Pienso que no somos suficientemente críticos, cuando disfrazamos esa persistencia en el mantenimiento del cordón umbilical con los nombres de "amistad", "ser colegas, compañeros"..., por no hablar de las formas que adopta frecuentemente nuestro sexismo y/o patriarcalismo. La mutualidad, pues, o cómo aceptamos la convergencia "parcial" de intereses comunes con otros más personales, la sexualidad como relación de libre consentimiento, la libertad como un ejercicio comprometido que se realiza puntual y diariamente, la capacidad de establecer compromisos claros en las relaciones, la lucha por liquidar esa esquizofrenia que separa la conducta pública de la privada y hacer que esos valores por los que luchamos a gran escala dentro de lo social tengan cada vez más fuerza en la esfera de lo personal. Yo creo que ésa será la verdadera línea que conecte nuestros territorios, el de los jóvenes y los nuestros, en una red de auzolan y en la que no sólo nos unirá una ikurrina y unas ideas, sino el respeto por experiencias diferenciadas y la necesidad de libertad.
Callamos un momento. Por la ventana se adivina el mar. Me mira, curioso. Pienso que le estoy dando una paliza. Me devuelve a la situación: "¿Y su dolor... cordial?". Tengo una imagen confusa: no sé si es esa molestia del diafragma que me comprime de pronto y me angustia, pero tengo una imagen confusa. Gente mayor manifestándose, abrumados. Gurasoak. Casi seis siglos de condena por sospechas. Y me entra el desconsuelo por niños que tendrán que enfrentarse a esa dura situación del Zibor estea como una ruptura excesivamente traumática. No, no se trata ni de delegar lo que son nuestras tareas y lo que consiente su madurez y ello porque contamos con su fidelidad y lealtad, ni de provocar una separación antes de tiempo, porque sería entonces tanto como su expulsión. Son nuestros, porque son de ellos mismos. Ésta es nuestra y su tierra, éste nuestro y su tiempo, ésta nuestra y su lucha. Nuestro amor y los puentes que no les abandonarán.
Hablamos. Me recomienda algo. ¿Qué hará hoy? Pienso que esta tarde marcharé con otras gentes, gritaré en ocasiones, hablaré, sonreiré por saludar a alguien a quien hace tiempo no veo, preguntará alguna mujer por sus viajes regulares y de destino incierto, al hombre cómo le va en su trabajo. Le pediré a Koldo aquella canción. El mar en la lejanía. Y, como en la película, volveremos a formar una piña unida. Que no es poco.
Teresa Gil Ruiz (Profesora de la UPV)
Donostia, febrero de 1998
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